Versos de la semana

 

UN SOLO PENSAMIENTO

 

Paul Eduard

Francia



Sobre mis cuadernos de escuela,
sobre el pupitre, sobre el roble,
sobre la nieve y en la arena
     escribo tu nombre.

Sobre las páginas leídas,
sobre las páginas incólumes
-piedra, sangre, papel, ceniza-
     escribo tu nombre.

En las imágenes doradas,
sobre los signos de la Corte,
sobre tizonas y corazas
     escribo tu nombre.

Sobre el desierto y en la jungla,
sobre la infancia de las voces,
sobre la rama y en la gruta
     escribo tu nombre.

Sobre el pan blanco de los días,
sobre el prodigio de la noche,
sobre la flor y las vendimias
     escribo tu nombre.

Sobre los cielos que azulan
en los estanques -muertos soles-;
sobre los lagos -vivas lunas-
     escribo tu nombre.

Sobre las colinas remotas,
en las alas de los gorriones,
sobre el molino de las sombras;
     escribo tu nombre.

Sobre los hálitos del alba,
sobre la mar y sus galeones,
sobre la demente montaña,
     escribo tu nombre.

Sobre el vellón de los espacios
y el estertor de los ciclones,
sobre el limo de los chubascos,
     escribo tu nombre.

Sobre las formas cintilantes,
sobre la pátina del bronce,
sobre las físicas verdades,
     escribo tu nombre.

Sobre las rutas desveladas
y las sendas sin horizonte,
sobre las mareas humanas,
     escribo tu nombre.

Sobre la llama que fulgura,
Sobre la llama que se esconde,
sobre los techos que se juntan,
     escribo tu nombre.

Sobre la fruta en dos partida
del espejo que me recoge;
en mi lecho -concha vacía-
     escribo tu nombre.

Sobre mi can goloso y tierno
y en la oreja que atenta pone,
sobre su salto poco diestro,
     escribo tu nombre.

Sobre la grada de mi puerta,
sobre la loza y los arcones,
sobre las ascuas de la leña,
     escribo tu nombre.

Sobre la carne que se entrega,
en la faz del amigo noble,
sobre la mano que se estrecha,
     escribo tu nombre.

Sobre el vitral de los secretos,
sobre las bocas ya sin voces,
sobre los más hondos silencios,
     escribo tu nombre.

Sobre el albergue derruido,
sobre el escombro de mi torre,
sobre los muros de mi hastío
     escribo tu nombre.

Sobre la ausencia sin deseos,
sobre mi soledad insomne,
sobre los lúgubres aleros,
     escribo tu nombre.

Sobre la calma que retorna,
sobre los extintos pavores,
sobre el anhelo sin memoria,
     escribo tu nombre.

Y en el poder de tu palabra
mi vida vuelve a comenzar:
he renacido a tu llamada
     para invocarte:

     LIBERTAD!!

Leonardo Boff

¿Está por llegar lo peor de la crisis?

Los peores consejeros son los economistas. Hay que oír a los pensadores y a los que aman la vida y cuidan de la Tierra
Leonaro Boff
Leonardo Boff
Leonardo Boff

En un artículo anterior afirmábamos que la crisis actual más que económico-financiera es una crisis de humanidad. Se han visto afectados los cimientos que sustentan la sociabilidad humana -la confianza, la verdad y la cooperación-, destruidos por la voracidad del capital. Sin ellos es imposible la política y la economía. Irrumpe la barbarie. Queremos presentar esta reflexión de sentido filosófico inspirados en dos notables pensadores: Karl Marx y Max Horkheimer. Este último fue prominente figura de la escuela de Frankfurt, al lado de Adorno y Habermas. Antes incluso del final de la guerra, en 1944, tuvo el valor de decir en unas conferencias en la Universidad de Columbia (USA), publicadas bajo el título Eclipse de la Razón, que la victoria inminente de los aliados iba a servir de poco. El motivo principal que había generado la guerra seguía estando activo en el núcleo de la cultura dominante. Era el secuestro de la razón para el mundo de la técnica y de la producción, por lo tanto, para el mundo de los medios, olvidando totalmente la discusión sobre los fines. Es decir, el ser humano ya no se preguntaba por un sentido más alto de la vida. Vivir es producir sin fin y consumir todo lo que se pueda. Es un propósito meramente material, sin ninguna grandeza. La razón fue usada para hacer operativa esta voracidad. Al someterse, se oscureció, dejando de hacerse las preguntas que siempre había planteado: ¿qué sentido tiene la vida y el universo, cuál es nuestro lugar? Sin respuestas a estas preguntas sólo nos queda la voluntad de poder que lleva a la guerra como en la Europa de Hitler.

Algo semejante decía Marx en el tercer libro del Capital. En él deja claro que el punto de partida y de llegada del capital es el propio capital en su voluntad ilimitada de acumulación. Su objetivo es el aumento sin fin de la producción, para la producción y por la propia producción, asociada al consumo, con vistas al desarrollo de todas las fuerzas productivas. Es el imperio de los medios sin discutir los fines ni cuál es el sentido de este proceso delirante. Son los fines humanitarios los que sostienen la sociedad y dan propósito a la vida. Bien lo ha expresado nuestro economista-pensador Celso Furtado: «El desafío que se plantea en el umbral del siglo XXI es nada menos que cambiar el curso de la civilización, desplazar el eje de la lógica de los medios al servicio de la acumulación, en un corto horizonte de tiempo, hacia una lógica de los fines en función del bienestar social, del ejercicio de la libertad y de la cooperación entre los pueblos» (Brasil: a construção interrompida, 1993, 76).

No fue eso lo que los ideólogos del neoliberalismo, de la desregulación de la economía y del laissez-faire de los mercados nos aconsejaron. Ellos mintieron a toda la humanidad prometiéndole el mejor de los mundos. No existían alternativas a esa vía, decían. Todo eso ha sido ahora desenmascarado, generando una crisis que va a ser aún peor.

La razón de ello reside en el hecho de que la crisis actual se ha establecido en el seno de otras crisis todavía más graves: la del calentamiento planetario, que va a tener dimensiones catastróficas para millones de seres humanos, y la de la insostenibilidad de la Tierra como consecuencia de la virulencia productivista y consumista. Necesitamos un tercio más de Tierra, es decir, la Tierra ya ha sobrepasado el 30% de su capacidad de reposición. No aguanta más el crecimiento de la producción y del consumo actuales, como propone cada país. Y va a defenderse produciendo caos, no creativo sino destructivo.

Aquí se sitúa el límite del capital: en el límite de la Tierra. Eso no existía en la crisis de 1929. Se daba por descontado la capacidad de soporte de la Tierra. Hoy no: si no salvamos la sostenibilidad de la Tierra, no habrá base para el proyecto del capital en su propósito de crecimiento. Después de haber vuelto precario el trabajo, sustituyéndolo por la máquina, ahora está liquidando la naturaleza.

Estas consideraciones raramente aparecen en el debate actual. Predomina el tema de la extensión de la crisis, de los índices da recesión y del nivel de desempleo. En este campo, los peores consejeros son los economistas, especialmente los ministros de Hacienda. Ellos son rehenes de un tipo de razón que los ciega para estas cuestiones vitales. Hay que oír a los pensadores y a los que aman la vida y cuidan de la Tierra.

Mafalda

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Nuestro escritor de cada día

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Las notas que duermen en las cuerdas

Por Alfredo Bryce Echenique

Mediados de diciembre. El sol se ríe a carcajadas en los avisos de publicidad. ¡El sol!

Durante algunos meses, algunos sectores de Lima tendrán la suerte de parecerse a

Chaclacayo, Santa Inés, Los Ángeles, y Chosica. Pronto, los ternos de verano recién

sacados del ropero dejarán de oler a humedad. El sol brilla sobre la ciudad, sobre las

calles, sobre las casas. Brilla en todas partes menos en el interior de las viejas iglesias

coloniales. Los grandes almacenes ponen a la venta las últimas novedades de la moda

veraniega. Los almacenes de segunda categoría ponen a la venta las novedades de la

moda del año pasado. «Pruébate la ropa de baño, amorcito.» (¡Cuántos matrimonios

dependerán de esa prueba!) Amada, la secretaria del doctor Ascencio, abogado de nota,

casado, tres hijos, y automóvil más grande que el del vecino, ha dejado hoy, por primera

vez, la chompita en casa. Ha entrado a la oficina, y el doctor ha bajado la mirada: es la

moda del escote ecran, un escote que parece un frutero. «Qué linda su Medallita, Amada

(el doctor lo ha oído decir por la calle). Tengo mucho, mucho que dictarle, y tengo

tantos, tantos deseos de echarme una siestecita.»

Por las calles, las limeñas lucen unos brazos de gimnasio. Parece que fueran ellas las

que cargaran las andas en las procesiones, y que lo hicieran diariamente. Te dan la

mano, y piensas en el tejido adiposo. No sabes bien lo que es, pero te suena a piel, a

brazo, al brazo que tienes delante tuyo, y a ese hombro moreno que te decide a invitarla

al cine. El doctor Risque pasa impecablemente vestido de blanco. Dos comentarios:

«Maricón» (un muchacho de dieciocho años), y «exagera. No estamos en Casablanca»

(el ingeniero Torres Pérez, cuarenta y tres años, empleado del Ministerio de Fomento).

Pasa también Félix Arnolfi, escritor, autor de Tres veranos en Lima, y Amor y calor en

la ciudad. Viste de invierno. Pero el sol brilla en Lima. Brilla a mediados de diciembre,

y no cierre usted su persiana, señora Anunciata, aunque su lugar no esté en la playa, y su

moral sea la del desencanto, la edad y los kilos ...

El sol molestaba a los alumnos que estaban sentados cerca de la ventana. Acababan de

darles el rol de exámenes y la cosa no era para reírse. Cada dos días, un examen.

Matemáticas y química seguidos. ¿Qué es lo que pretenden? ¿Jalarse a todo el mundo?

Empezaban el lunes próximo, y la tensión era grande. Hay cuatro cosas que se pueden

hacer frente a un examen: estudiar, hacer comprimidos, darse por vencido antes del

examen, y hacerse recomendar al jurado.

Los exámenes llegaron. Los primeros tenían sabor a miedo, y los últimos sabor a

Navidad. Manolo aprobó invicto (había estudiado, había hecho comprimidos, se había

dado por vencido antes de cada examen y un tío lo había recomendado, sin que él se lo

pidiera). Repartición de premios: un alumno de quinto año de secundaria lloró al leer el

discurso de Adiós al colegio, los primeros de cada clase recibieron sus premios, y luego,

terminada la ceremonia, muchos fueron los que destrozaron sus libros y cuadernos: hay

que aprender a desprenderse de las cosas. Manolo estaba libre.

En su casa, una de sus hermanas se había encargado del Nacimiento. El árbol de

Navidad, cada año más pelado (al armarlo, siempre se rompía un adorno, y nadie lo

reponía), y siempre cubierto de algodón, contrastaba con el calor sofocante del día.

Manolo no haría nada hasta después del Año Nuevo. Permanecería encerrado en su

casa, como si quisiera comprobar que su libertad era verdadera, y que realmente podía

disponer del verano a sus anchas. Nada le gustaba tanto como despertarse diariamente a

la hora de ir al colegio, comprobar que no tenía que levantarse, y volverse a dormir. Era

su pequeño triunfo matinal.

—¡Manolo! —llamó su hermana—. Ven a ver el Nacimiento. Ya está listo.

—Voy —respondió Manolo, desde su cama.

Bajó en pijama hasta la sala, y se encontró con la Navidad en casa. Era veinticuatro de

diciembre, y esa noche era Nochebuena. Manolo sintió un escalofrío, y luego se dio

cuenta de que un extraño malestar se estaba apoderando de él. Recordó que siempre en

Navidad le sucedía lo mismo, pero este año, ese mismo malestar parecía volver con

mayor intensidad. Miraba hacia el Nacimiento, y luego hacia el árbol cubierto de

algodón. «Está muy bonito», dijo. Dio media vuelta, y subió nuevamente a su

dormitorio.

Hacia el mediodía, Manolo salió a caminar. Contaba los automóviles que encontraba,

las ventanas de las casas, los árboles en los jardines, y trataba de recordar el nombre de

cada planta, de cada flor. Esos paseos que uno hace para no pensar eran cada día más

frecuentes. Algo no marchaba bien. Se crispó al recordar que una mañana había

aparecido en un mercado, confundido entre placeras y vendedores ambulantes. Aquel

día había caminado mucho, y casi sin darse cuenta. Decidió regresar, pues pronto sería

la hora del almuerzo.

Almorzaban. Había decidido que esa noche irían juntos a la misa de Gallo, y que luego

volverían para cenar. Su padre se encargaría de comprar el panetón, y su madre de

preparar el chocolate. Sus hermanos prometían estar listos a tiempo para ir a la iglesia y

encontrar asientos, mientras Manolo pensaba que él no había nacido para esas

celebraciones. ¡Y aun faltaba el Año Nuevo! El Año Nuevo y sus cohetones, que

parecían indicarle que su lugar estaba entre los atemorizados perros del barrio. Mientras

almorzaba, iba recordando muchas cosas. Demasiadas. Recordaba el día en que entró al

Estadio Nacional, y se desmayó al escuchar que se había batido el récord de asistencia.

Recordaba también, cómo en los desfiles militares, le flaqueaban las piernas cuando

pasaban delante suyo las bandas de música y los húsares de Junín. Las retretas, con las

marchas que ejecutaba la banda de la Guardia Republicana, eran como la atracción al

vacío. Almorzaban: comer, para que no le dijeran que comiera, era una de las pequeñas

torturas a las que ya se había acostumbrado.

Hacia las tres de la tarde, su padre y sus hermanos se habían retirado del comedor.

Quedaba tan sólo su madre, que leía el periódico, de espaldas a la ventana que daba al

patio. La plenitud de ese día de verano era insoportable. A través de la ventana, Manolo

veía cómo todo estaba inmóvil en el jardín. Ni siquiera el vuelo de una mosca, de esas

moscas que se estrellan contra los vidrios, venía a interrumpir tanta inmovilidad. Sobre

la mesa, delante de él, una taza de café se enfriaba sin que pudiera hacer nada por traerla

hasta sus labios. En una de las paredes (Manolo calculaba cuántos metros tendría), el

retrato de un antepasado se estaba burlando de él, y las dos puertas del comedor que

llevaban a la otra habitación eran como la puerta de un calabozo, que da siempre al

interior de la prisión.

—Es terrible —dijo su madre, de pronto, dejando caer el periódico sobre la mesa—. Las

tres de la tarde. La plenitud del día. Es una hora terrible.

—Dura hasta las cinco, más o menos.

—Deberías buscar a tus amigos, Manolo.

—Sabes, mamá, si yo fuera poeta, diría: «Eran las tres de la tarde en la boca del

estómago».

—En los vasos, y en las ventanas.

—Las tres de la tarde en las tres de la tarde. Hay que moverse.

«Ante todo, no debo sentarme», pensaba Manolo al pasar del comedor a la sala, y ver

cómo los sillones lo invitaban a darse por vencido. Tenía miedo de esos sillones cuyos

brazos parecían querer tragárselo. Caminó lentamente hacia la escalera, y subió como

un hombre que sube al cadalso. Pasó por delante del dormitorio de su madre, y allí

estaba, tirada sobre la cama, pero él sabía que no dormía, y que tenía los ojos abiertos,

inmensos. Avanzó hasta su dormitorio, y se dejó caer pesadamente sobre la cama: «La

próxima vez que me levante», pensó, «será para ir al centro».

A través de una de las ventanas del ómnibus, Manolo veía cómo las ramas de los

árboles se movían lentamente. Disminuía ya la intensidad del sol, y cuando llegara al

centro de la ciudad, empezaría a oscurecer. Durante los últimos meses, sus viajes al

centro habían sido casi una necesidad. Recordaba que, muchas veces, se iba

directamente desde el colegio, sin pasar por su casa, y abandonando a sus amigos que

partían a ver la salida de algún colegio de mujeres. Detestaba esos grupos de muchachos

que hablan de las mujeres como de un producto alimenticio: «Es muy rica. Es un lomo».

Creía ver algo distinto en aquellas colegialas con los dedos manchados de tinta, y sus

uniformes de virtud. Había visto cómo uno de sus amigos se había trompeado por una

chica que le gustaba, y luego, cuando te dejó de gustar, hablaba de ella como si fuera

una puta. «Son terribles cuando están en grupo», pensaba, «y yo no soy un héroe para

dedicarme a darles la contra».

El centro de Lima estaba lleno de colegios de mujeres, pero Manolo tenía sus

preferencias. Casi todos los días, se paraba en la esquina del mismo colegio, y esperaba

la salida de las muchachas como un acusado espera su sentencia. Sentía los latidos de su

corazón, y sentía que el pecho se le oprimía, y que las manos se le helaban. Era más una

tortura que un placer, pero no podía vivir sin ello. Esperaba esos uniformes azules, esos

cuellos blancos y almidonados, donde para él, se concentraba toda la bondad humana.

Esos zapatos, casi de hombres, eran, sin embargo, tan pequeños, que lo hacían sentirse

muy hombre. Estaba dispuesto a protegerlas a todas, a amarlas a todas, pero no sabía

cómo. Esas colegialas que ocultaban sus cabellos bajo un gracioso gorro azul, eran

dueñas de su destino. Se moría de frío: ya iba a sonar el timbre. Y cuando sonara, sería

como siempre: se quedaría estático, casi paralizado, perdería la voz, las vería aparecer

sin poder hacer nada por detener todo eso, y luego, en un supremo esfuerzo, se lanzaría

entre ellas, con la mirada fija en la próxima esquina, el cuello tieso, un grito ahogado en

la garganta, y una obsesión: alejarse lo suficiente para no ver más, para no sentir más,

para descansar, casi para morir. Los pocos días en que no asistía a la salida de ese

colegio, las cosas eran aún peor.

El ómnibus se acercaba al jirón de la Unión, y Manolo, de pie, se preparaba para bajar.

(Le había cedido el asiento a una señora, y la había odiado: temió, por un momento, que

hablara de lo raro que es encontrar un joven bien educado en estos días, que todos los

miraran, etc. Había decidido no volver a viajar sentado para evitar esos riesgos.) El

ómnibus se detuvo, y Manolo descendió.

Empezaba a oscurecer. Miles de personas caminaban lentamente por el jirón de la

Unión. Se detenían en cada tienda, cada vidriera, mientras Manolo avanzaba perdido

entre esa muchedumbre. Su única preocupación era que nadie lo rozara al pasar, y que

nadie le fuera a dar un codazo. Le pareció cruzarse con alguien que conocía, pero ya era

demasiado tarde para voltear a saludarlo. «De la que me libré», pensó. «¿Y si me

encuentro con Salas?» Salas era un compañero de colegio. Estaba en un año superior, y

nunca se habían hablado. Prácticamente no se conocían, y sería demasiada coincidencia

que se encontraran entre ese tumulto, pero a Manolo le espantaba la idea. Avanzaba.

Oscurecía cada vez más, y las luces de neón empezaban a brillar en los avisos

luminosos. Quería llegar hasta la Plaza San Martín, para dar media vuelta y caminar

hasta la Plaza de Armas. Se detuvo a la altura de las Galerías Boza, y miró hacia su

reloj: «Las siete de la noche». Continuó hasta llegar a la Plaza San Martín, y allí sintió

repugnancia al ver que un grupo de hombres miraba groseramente a una mujer, y luego

se reían a carcajadas. Los colectivos y los ómnibus llegaban repletos de gente. «Las

tiendas permanecerán abiertas hasta las nueve de la noche», pensó. «La Plaza de

Armas.» Dio media vuelta, y se echó a andar. Una extraña e impresionante palidez en el

rostro de la gente era efecto de los avisos luminosos. «Una tristeza eléctrica», pensaba

Manolo, tratando de definir el sentimiento que se había apoderado de él. La noche caía

sobre la gente, y las luces de neón le daban un aspecto fantasmagórico. Cargados de

paquetes, hombres y mujeres pasaban a su lado, mientras avanzaba hacia la Plaza de

Armas, como un bañista nadando hacia una boya. No sabía si era odio o amor lo que

sentía, ni sabía tampoco si quería continuar esa extraña sumersión, o correr hacia un

despoblado. Sólo sabía que estaba preso, que era el prisionero de todo lo que lo rodeaba.

Una mujer lo rozó al pasar, y estuvo a punto de soltar un grito, pero en ese instante hubo

ante sus ojos una muchacha. Una pálida chiquilla lo había mirado caminando. Vestía

íntegramente de blanco. Manolo se detuvo. Ella sentiría que la estaba mirando, y él

estaba seguro de haberle comunicado algo. No sabía qué. Sabía que esos ojos tan negros

y tan grandes eran como una voz, y que también le hablan dicho algo. Le pareció que

las luces de neón se estaban apoderando de esa cara. Esa cara se estaba electrizando, y

era preciso sacarla de allí antes de que se muriera. La muchacha se alejaba, y Manolo la

contemplaba calculando que tenía catorce años. «Pobre de ti, noche, si la tocas», pensó.

Se había detenido al llegar a la puerta de la iglesia de la Merced. Veía cómo la gente

entraba y salía del templo, y pensaba que entraban más para descansar que para rezar,

tan cargados venían de paquetes. Serían las ocho de la noche, cuando Manolo, parado

ahora de espaldas a la iglesia, observaba una larga cola de compradores, ante la tienda

Monterrey. Todos llevaban paquetes en las manos, pero todos tenían aún algo más que

comprar. De pronto, distinguió a una mujer que llevaba un balde de playa y una

pequeña lampa de lata. Vestía un horroroso traje floreado, y con la basta descosida. Era

un traje muy viejo, y le quedaba demasiado grande. Le faltaban varios dientes, y le veía

las piernas chuecas, muy chuecas. El balde y la pequeña lampa de lata estaban mal

envueltos en papel de periódico, y él podía ver que eran de pésima calidad. «Los llevará

un domingo, en tranvía, a la playa más inmunda. Cargada de hijos llorando. Se bañará

en fustán», pensó. Esa mujer, fuera de lugar en esa cola, con la boca sin dientes abierta

de fatiga como si fuera idiota, y chueca, chueca, lo conmovió hasta sentir que sus ojos

estaban bañados en lágrimas. Era preciso marcharse. Largarse. «Yo me largo.» Era

preciso desaparecer. Y, sobre todo, no encontrar a ninguno de sus odiados conocidos.

Desde su cama, con la habitación a oscuras, Manolo escuchaba a sus hermanas

conversar mientras se preparaban para la misa de Gallo, y sentía un ligero temblor en la

boca del estómago. Su único deseo era que todo aquello comenzara pronto para que

terminara de una vez por todas. Se incorporó al escuchar la voz de su padre que los

llamaba para partir.

«Voy», respondió al oír su nombre, y bajó lentamente las escaleras. Partieron.

Conocía a casi todos los que estaban en la iglesia. Eran los mismos de los domingos, los

mismos de siempre. Familias enteras ocupaban las bancas, y el calor era muy fuerte.

Manolo, parado entre sus padres y hermanos, buscaba con la mirada a alguien a quien

cederle el asiento. Tendría que hacerlo, pues iglesia se iba llenando de gente, y quería

salir de eso lo antes posible. Vio que una amiga de su madre se acercaba, y le dejó su

lugar, a pesar de que aún quedaban espacios libres en otras bancas.

Estaba recostado contra una columna de mármol, y desde allí paseaba la mirada por

toda la iglesia. Muchos de los asistentes, bronceados por el sol, habían empezado a ir a

la playa. Las muchachas le impresionaban con sus pañuelos de seda en la cabeza. Esos

pañuelos de seda, que ocultando una parte del rostro, hacen resaltar los ojos, lo

impresionaban al punto de encontrarse con las manos pegadas a la columna;

fuertemente apoyadas, como si quisiera hacerla retroceder. «Sansón», pensó.

Había detenido la mirada en el pálido rostro de una muchacha que llevaba un pañuelo

de seda en la cabeza, y cuyos ojos resaltaban de una manera extraña. Miraban hacia el

altar con tal intensidad, que parecían estar viendo a Dios. La contemplaba. Imposible

dejar de contemplarla. Manolo empezaba a sentir que todo alrededor suyo iba

desapareciendo, y que en la iglesia sólo quedaba aquel rostro tan desconocido y lejano.

Temía que ella lo descubriera mirándola, y no poder continuar con ese placer. ¿Placer?

«Debe hacer calor en la iglesia», pensó, mientras comprobaba que sus manos estaban

más frías que el mármol de la columna.

La música del órgano resonaba por toda la iglesia, y Manolo sentía como si algo fuera a

estallar. «Los ojos. Es peor que bonita.» En las bancas, los hombres caían sobre sus

rodillas, como si esa música que venía desde el fondo del templo, los golpeara sobre los

hombros, haciéndolos caer prosternados ante un Dios recién descubierto y obligatorio.

Esa música parecía que iba a derrumbar las paredes, hasta que, de pronto, un profundo y

negro silencio se apoderó del templo, y era como si hubieran matado al organista. «Tan

negros y tan brillantes.» Un sacerdote subió al púlpito, y anunció que Jesús había

nacido, y el órgano resonó nuevamente sobre los hombros de los fieles, y Manolo sintió

que se moría de amor, y la gente ya quería salir para desearse «feliz Navidad».

Terminada la ceremonia, si alguien le hubiera dicho que se había desmayado, él lo

hubiera creído. Salían. El mundo andaba muy bien aquella noche en la puerta de la

iglesia, mientras Manolo no encontraba a la muchacha que parecía haber visto a Dios.

Al llegar a su casa, sin pensarlo, Manolo se dirigió a un pequeño baño que había en el

primer piso. Cerró la puerta, y se dio cuenta de que no era necesario que estuviera allí.

Se miró en el espejo, sobre el lavatorio, y recordó que tenía que besar a sus padres y

hermanos: era la costumbre, antes de la cena. ¡Feliz Navidad con besos y abrazos! Trató

de orinar. Inútil. Desde el comedor, su madre lo estaba llamando. Abrió la puerta, y

encontró a su perro que lo miraba como si quisiera enterarse de lo que estaba pasando.

Se agachó para acariciarlo, y avanzó hasta llegar al comedor. Al entrar, continuaba

siempre agachado y acariciando al perro que caminaba a su lado. Avanzaba hacia los

zapatos blancos de una de sus hermanas, hasta que, torpemente, se lanzó sobre ella para

abrazarla. No logró besarla. «Feliz Navidad», iba repitiendo mientras cumplía con las

reglas del juego. Los regalos.

Cenaban. «Esos besos y abrazos que uno tiene que dar...», pensaba. «Ésos cariños.»

Daría la vida por cada uno de sus hermanos. «Pero uno no da la vida en un día

establecido...» Recordaba aquel cumpleaños de su hermana preferida: se había

marchado a la casa de un amigo para no tener que saludarla, pero luego había sentido

remordimientos, y la había llamado por teléfono: «Qué loco soy». Cenaban. El

chocolate estaba demasiado caliente, y con tanto sueño era difícil encontrar algo de qué

hablar mientras se enfriaba. «No es el mejor panetón del mundo, pero es el único que

quedaba», comentó su padre. Manolo sentía que su madre lo estaba mirando, y no se

atrevía a levantar los ojos de la mesa. A lo lejos, se escuchaban los estallidos de los

cohetes, y pensaba que su perro debía estar aterrorizado. Bebían el chocolate. «Tengo

que ir a ver al perro. Debe estar muerto de miedo.» En ese momento, uno de sus

hermanos bostezó, y se disculpó diciendo que se había levantado muy temprano esa

mañana. Permanecían en silencio, y Manolo esperaba que llegara el momento de ir a ver

a su perro. De pronto, uno de sus hermanos se puso de pie: «Creo que me voy a

acostar», dijo dirigiéndose lentamente hacia la puerta del comedor. Desapareció. Los

demás siguieron el ejemplo.

En el patio, Manolo acariciaba a su perro. Había algo en la atmósfera que lo hacía

sentirse nuevamente como en la iglesia. Le parecía que tenía algo que decir. Algo que

decirle a alguna persona que no conocía; a muchas personas que no conocía. Escuchaba

el estallido de los cohetes, y sentía deseos de salir a caminar.

Hacia las tres de la madrugada, Manolo continuaba su extraño paseo. Hacia las cuatro

de la madrugada, un hombre quedó sorprendido, al cruzarse con un muchacho de unos

quince años, que caminaba con el rostro bañado en lágrimas

Amigos de la tierra

Los transgénicos alimentan a las multinacionales, no a las víctimas de la crisis alimentaria 10/02/09

Un nuevo informe de Amigos de la Tierra muestra el fracaso y las mentiras de la industria de los transgénicos

Amigos de la Tierra demuestra en un nuevo informe que los cultivos transgénicos están beneficiando a las multinacionales y no a los pequeños campesinos ni a las personas que sufren hambre, casi mil millones de personas por la última crisis alimentaria. Se demuestra también como la industria de los transgénicos truca las cifras para dar la sensación de que sus productos son cada vez más aceptados. Todo esto casi un año después de la publicación de una evaluación de la ONU que concluye que los cultivos transgénicos no suponen una solución para aliviar el hambre ni la pobreza.

El nuevo informe de la Federación Amigos de la Tierra Internacional “¿Quién se beneficia de los cultivos transgénicos? [1] muestra como la subida de los precios de los alimentos básicos por la crisis alimentaria mundial ha permitido a las multinacionales como Monsanto acumular beneficios record, aumentando de forma exponencial el precio de las semillas transgénicas y de los agroquímicos que venden a los agricultores. Monsanto anunció en enero que sus beneficios del último trimestre se habían casi triplicado, y que su beneficio neto está previsto que se triplique desde los 984 millones de dólares en 2007 hasta los 2960 millones en 2010.

“Los cultivos transgénicos son para alimentar a los gigantes de la industria biotecnológica, no a los pobres” afirmó Nnimmo Bassey, Director Ejecutivo de Amigos de la Tierra Nigeria y Presidente de Amigos de la Tierra Internacional. “La semillas transgénicas y sus pesticidas asociados son excesivamente caros para los pequeños campesinos de África. Los promotores de esta tecnología en los países empobrecidos están totalmente fuera de contacto con la realidad”.

Monsanto es la mayor empresa mundial de semillas, y prácticamente ostenta el monopolio de la tecnología transgénica. Las semillas modificadas genéticamente cuestan entre dos y cuatro veces más que las semillas convencionales. Monsanto también comercializa el Roundup, el herbicida más vendido en el mundo.

“Gracias en gran medida a Monsanto, los agricultores estadounidenses están afrontando incrementos dramáticos en los precios de las semillas transgénicas y en los químicos asociados” afirmó Bill Freese, del Centro por la Seguridad Alimentaria de EE.UU. “Los agricultores de países del Sur que se acojan a esta tecnología de Monsanto y otras multinacionales no pueden sino esperar la misma suerte, incrementos brutales del precio de las semillas y de los pesticidas, y un descenso radical en la disponibilidad de semillas no transgénicas.”

El coste de las semillas transgénicas no es el único problema. Los cultivos transgénicos no se cultivan ni están diseñados para aliviar la pobreza. La inmensa mayoría son soja y maíz destinados a alimentación del ganado y producción de agrocombustibles en países desarrollados.

EE.UU. produce más del 50% de los cultivos transgénicos a nivel mundial. Y cerca del 90% del área global cultivada con transgénicos está en 6 países americanos (EE.UU., Canadá, Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay), países con un sector agrícola altamente industrializado y orientado a la exportación.

En Europa, donde el cultivo de transgénicos supone una parte marginal de la agricultura, las multinacionales inflan las cifras para maquillar la realidad. El único cultivo autorizado es un maíz, que supone tan solo el 0,21% de la superficie agrícola en la UE. España es el único país europeo que lo cultiva a gran escala, con más de 80.000 hectáreas en 2008. Siete países europeos han prohibido el cultivo de este maíz por sus impactos ambientales e incertidumbres sobre la salud.

El lobby de la industria europea, EuropaBio, alega un 21% de incremento en la superficie de transgénicos en Europa respecto a 2007, cuando en realidad se ha producido un 2% de descenso. El truco es tan simple como eliminar de los cálculos a Francia, el último país en prohibir el cultivo de transgénicos [2].

“Los transgénicos no están haciendo nada por solucionar los problemas de los pequeños agricultores, ni en el Sur ni en Europa. Y es bochornoso utilizar la lucha contra el hambre para promocionar un negocio multimillonario, con graves impactos ambientales y sociales, y alarmantes riesgos para la salud” añadió David Sánchez, de Amigos de la Tierra España.

A pesar de más de una década de propaganda, la industria no ha introducido ni un solo cultivo transgénico que incremente los rendimientos, que sea más nutritivo, resistente a la sequía o a la salinidad. Los transgénicos disponibles hoy en día siguen siendo en un 80% resistentes a un herbicida, lo que ha disparado el uso de agroquímicos en los países productores. El resto son resistentes a insectos.

La apuesta por los transgénicos ha oscurecido el gran potencial de la agricultura agroecológica, de bajo coste, para la producción de alimentos y aliviar el hambre. Un esfuerzo de cuatro años por parte de la ONU, la “Evaluación Internacional del Papel del Conocimiento, la Ciencia y la Tecnología en el Desarrollo Agrícola” (IAASTD en sus siglas en inglés), que implico a 400 expertos de múltiples disciplinas, gobiernos y multinacionales, recomendó una apuesta por los métodos agroecológicos, que ofrecen incrementos en la productividad sin semillas ni químicos caros, y una reforma de las injustas normas de comercio internacional [3].

Para más información:

En España: Teresa Rodríguez Pierrard, Prensa de Amigos de la Tierra: 680 936 327 – 913069900

David Sánchez Carpio, Responsable del Área de Agricultura y Alimentación de Amigos de la Tierra España, 913069921 – 691471389

En Bruselas: Helen Holder, Amigos de la Tierra Europa: Tel: +32 474 857 638 (móvil) or +32 2 542 01 82

En EE.UU.: Bill Freese, Center for Food Safety, United States: Tel: +1 202 547 93 59

En África: Nnimmo Bassey, Director ejecutivo de Amigos de la Tierra Nigeria y Presidente de Amigos de la Tierra Internacional, Tel: +234 80 37 27 43 95 (móvil)

* Crédito foto: Pradeep Tewari.

La Opinión

http://otromundoposible.blogspot.es/img/serrat.jpg 

 

Serrat defiende a Chávez

VIÑA DEL MAR, Chile (AP) — Joan Manuel Serrat defendió el lunes la legitimidad del presidente venezolano Hugo Chávez, señalando que "todas las reformas que impone, las impone por las urnas".

El cantautor catalán se encontraba ayer en esta ciudad vecina a Santiago para abrir la 50ma. edición del Festival de la Canción de Viña del Mar.

En una conferencia de prensa, Serrat respondió preguntas sobre Chávez y el referendo que éste ganó recientemente aprobando una enmienda constitucional que le permite buscar su reelección indefinidamente.

"Chávez ha planteado unas elecciones, las ha ganado, unas elecciones limpias y abiertas", dijo Serrat. "Hay una respuesta de la gente y eso es inexorable".

Añadió que el líder venezolano "no ha llegado al poder por otro mecanismo que por las urnas. Todas las reformas que impone las impone por las urnas".

Agregó que "la oposición democrática al gobierno de Chávez debería ... sacar sus conclusiones" de esas elecciones.

Serrat participó en el festival en 1970 y 1971, y nuevamente recién en 1993, ya que tuvo prohibido su ingreso al país durante la larga dictadura del general Augusto Poinochet, entre 1973 y 1990.

El Día Mundial de la Justicia Social

Diario CoLatino

 

Martes, 24 de Febrero de 2009 / 08:58 h

El Día Mundial de la Justicia Social

  

José M. Tojeira

El pasado mes de noviembre la Asamblea General de las Naciones Unidas decidió proclamar el Día Mundial de la Justicia Social. Se decidió poco después que ese día se celebrara el 20 de febrero. Sin embargo, y aunque en justicia social hay grandes déficits, el día pasó sin ser mencionado, ni, mucho menos, celebrado. No sólo por la sociedad civil en general, sino por el Estado salvadoreño, que debería reflexionar en ese día sobre sus avances o retrocesos en ese campo.

Más triste aún es que precisamente en tiempo de elecciones, este tema no se toque a penas, a pesar de lo fundamental e importante que es para El Salvador. Justicia Social ha sido una palabra que despierta ronchas criollas. Sin embargo, a nivel internacional las cosas parecen dirigirse en otra dirección. Son las Naciones Unidas las que dicen que lo que ese concepto de dos palabras significa es actual, necesario e indispensable para la convivencia humana. La propia Iglesia Católica, en su compendio de Doctrina Social de la Iglesia, dedicado a Juan Pablo II y editado el año 2005, dice claramente que «gran parte de la enseñanza social de la Iglesia es requerida y determinada por las grandes cuestiones sociales, para las que quiere ser una respuesta de justicia social».

 Justicia social, según las Naciones Unidas, hace referencia a la erradicación de la pobreza, al fomento del pleno empleo y al trabajo remunerado con salario decente, a la igualdad de género y al acceso al bienestar social (redes de protección social adecuadas) y la justicia para todos. Todo un programa que aunque tiene reflejos en nuestra propaganda electorera, no acaba de cuajar en la terminología ni siquiera de la izquierda.

Esta incapacidad de utilizar un término, por otra parte tan consagrado tanto en el vocabulario de la comunidad internacional, como dentro de la tradición mayoritaria de nuestro país, tiene sus causas. Una de ellas, no la principal, pudiera ser que el término se identificó en ocasiones con el discurso de quienes pretendieron cambiar la realidad social salvadoreña por la vía de la violencia. Pero la razón fundamental ha sido básicamente la terrible falta de responsabilidad social empresarial, y el odio de ciertos empresarios y medios de comunicación, no de todos, al término justicia aplicado a la relaciones sociales, laborales y económicas de El Salvador. Todo ello unido a un pensamiento de derecha económico y político incapaz de reconocer que hay demasiadas personas en El Salvador privadas de sus derechos económicos y sociales.

Es cierto que un grupo de empresarios con conciencia, agrupados en torno a FUNDEMAS y alguna otra institución, han iniciado en El Salvador una meritoria labor de impulso a la responsabilidad social empresarial. Algunos ingenios azucareros han dado pasos excelentes a ese nivel, y lo mismo otras empresas de capital nacional o internacional. Pero también es cierto que periódicos como El Diario de Hoy emprenden campañas contra las actividades de responsabilidad social de algunas empresas, como lo hicieron contra una empresa internacional que estaba ayudando a comunidades pobres cercanas a Cacaopera. O publican sendos editoriales recalcando que la justicia social es un término obsoleto y absurdo. Y que la mayoría de los empresarios y de la derecha criolla siguen festejando las bayuncadas editoriales de este periódico. Todo ello a pesar de la actualidad que le da no sólo el pensamiento bien fundado de la Iglesia Católica, sino la propia relevancia proporcionada, en estos tiempos de crisis, por la Asamblea General de las Naciones Unidas.

Los partidos políticos, incluso en contienda, se cuidan de no utilizar el término por miedo a desagradar a este último sector empresarial, todavía con demasiado peso en nuestra patria. Frente a una pobreza que ha venido creciendo, ante una crisis que se aproxima cada día más a nuestra tierra, frente a unas redes de protección social débiles, carentes de medicinas y de servicios adecuados, frente a un trabajo todavía alejado del salario decente, y sufriendo las consecuencias de una institucionalidad deficiente, floja e incapaz de enfrentar con eficiencia problemas como la violencia y la criminalidad, hablar de justicia social es una necesidad política, en el sentido más noble que tiene la palabra política: El sentido del servicio a las personas, a la democracia y al verdadero patriotismo.

Tal vez al año que viene, libres ya de las presiones electoreras, celebremos con mayor reflexión el día mundial de la justicia social. Y pensemos detalladamente en lo que significa justicia social para un país como el nuestro, marcado claramente por la injusticia social.

Pero es una lástima que el primer día mundial dedicado a la justicia social lo hayamos desperdiciado sin debate ni reflexión porque estamos más ocupados en gritar electoreramente lo que nos separa, en vez de recordar lo que nos debía unir: El dolor de nuestros hermanos más pobres y la injusticia social que padecen más de la mitad de los salvadoreños.

De momento sólo la Iglesia católica ha designado esta primera semana de cuaresma como semana de la solidaridad, que en la propia terminología está íntimamente ligada a la Justicia Social. Así lo consigna claramente el Catecismo de la Iglesia Católica. Ojalá este esfuerzo nos sirva a todos para ahondar en la Justicia Social, tan necesaria para todo el mundo y tan olvidada en nuestro país.

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